lunes, 29 de septiembre de 2008

Recíproco


Sí, es como un cuento recíproco,
un poco opacado, un poco reluciente.
Pero si te fijas bien, niño, 
no verás cómo el gusano se come la cola
y termina con el ciclo de vida estratosférica.

En efecto, no veo el curso de su camino,
pero veo la causa, el trance,
la mescolanza de fatídicos ciclos rotos.

Al final de cuentas, 
acaba todo en un comienzo nuevo, salido de fábrica;
aunque el fuego frío se infunde bajo las entrañas.

A fin de cuentas, querido amigo,
queda en un cuento recíproco,
en retroalimentación,
con las justas cantidades de vida.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Hey...


Hey, ¿escuchas?

Creo oír al cielo susurrar.

¿Cuántas veces, respondedme,

Has percibido el aliento dulce de la brisa gentil?

Cierra un instante los ojos,

Y escudriña por los recovecos de tu alma,

A ver si así palpas la tersa textura

De una canción triste.

Cuántas décadas han pasado ya

Desde el último verso narrado.

¡Que clame el alma mía por un segundo nuevo!

Sólo una vez,

Cuando el sol golpee nuestros ojos

Destellando los encantos del espíritu,

Cubiertos por un manto de hiedra,

En una cama dispuesta por el céfiro cristalino.

Unas manos extrajeras recorren mi silueta,

¿Serán los dedos de la locura que esparcen su esencia por mi tez,

O es un espectro ajeno a mis sensaciones?

¡Qué clame el alma mía por un minuto perdido!

Oh, cómo deleitaría mis sentidos

En una peripecia hilarante

Por parte de los bufones reales,

O una sonrisa sincera

Por parte de quien quiera obsequiarme una.

Brotan diamantes de mis ojos,

Y esmeraldas de mis venas,

Con un solo susurro del cielo.

Hey, ¿escuchas?

Creo oír el canto de las potestades;

Entre plumas inmaculadas

Y coros de belleza celestial.

Si algún día de tu vida peregrina

Logras que el cielo dedique sus memorias

A tu imagen dispersa,

Búscame,

Te guiaré hasta las puertas del árbol eterno,

A deleitar el fruto de los placeres,

El placer divino de la dicha.

Hey, ¿escuchas?

Mi clamo escuchado ha sido.


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Les pediría a ciertos visitantes que guarden sus insultos indirectos para otro lugar, no este, que para mí es como un santuario en donde el respeto es escencial. Asi que "rascame la verga", ¿te gustan las indirectas?

A mi sí.


martes, 23 de septiembre de 2008

Caballa


Merodeando por el parque aledaño a mi precaria residencia, me topé con una bestia negra que me observaba a lo lejos. Acercándome disimulada y cautelosamente, tomé una vara dispuesta a alejar a aquella criatura impuetuosa. Una ves cerca y recordando las técnicas corraleras de mi abuelo fiambre, ahuyenté a la cosa que relinchaba medio enfadado.

- Oye oye, suelta ese palo que no te haré nada.

Bilingüe era el animal ese, comprendía la lengua de los hombres y se daba el lujo de regañarme. Bajando la guardia, me dispuse a dialogar con la criatura.

- Entonces, señor caballo, ¿por qué relincha como enojado?
- Porque no me gustan los de tu calaña.

Media extrañada media confusa, intenté procesar lo que el caballo me decía.

- ¿Mi calaña? ¡pero si ni siquiera me conoces!
- Dime, ¿soy macho o hembra?

Pensé unos segundos. Lo miré a los ojos. Me dispuse a alzar la voz.

- Macho.
- Por eso los detesto.
- ¿Por qué?
- Porque son tan ignorantes, tan limitados y tan poco observadores que no ven que soy hembra.

Era hembra, no noté si tenía bolas cuadrípedas entre las patas, así que no podía revatir sus exclamaciones. Se dio media vuelta murmurando algo y me dejó sola en el parque, con la ignorancia en las manos.
Ahora que me encuentro con un caballo o en su defecto con una caballa, me aseguro que no hablen, porque si lo hacen, imagínense qué caballadas me dirían.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Retrospección


- Dime, ¿qué eres?

- Una mazmorra de nervios, atada a columnas de fuego frío.

- ¿Qué sientes?

- Una daga atravesada en las entrañas, que se adentra en mi inconciencia y exprime mis memorias.

- ¿Qué ves?

- Veo millares de penumbras que asechan desde sus tumbas, susurran algo, pero no está en mi entendimiento sus palabras.

- Está bien, debes despertar.

- ¡Espere! uno de ellos me llama, en sus ojos de metal escarlata puedo verlo.

- No, debes despertar; los demonios no pueden absorberte en esta etapa de regresión.

- Es una mujer... necesita ayuda, debo socorrerla.

- ¡No! ¡No volverás a ver tu mundo!

- ¿Mi mundo dice?, hace tiempo que dejé de pertenecer acá.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Dërium Zefaris



La luna alumbraba tenuemente sus cabezas, y en el horizonte, un lucero caía en la tierra moribundo, perdiendo gradualmente su luz como una belleza efímera. Los árboles atestiguan concerniente a esa velada idílica que extasió con tantas palabras perpetuas que sus ramas de milenarias épocas dirigieron la melodía sutil de un amor que vivía, que florecía gentil y sumiso observando un reflejo azul en el cielo, que descendía gradualmente hasta descansar en su lecho. Su mano estaba fría, pero el calor tenue de la otra rodeándola con sus dedos le brindaba espasmos de calidez tierna, y aún más las miradas que chispeaban amor profundo, y que se perdían en el claro del bosque en el cual una ves danzaron macabras melodías, y que ahora los convocaba para sellar aquellos sentires que atravesaban sus almas con dulces llagas y profundas esperanzas de una vida entera juntos, sin magias ni sortilegios que separen sus cuerpos jamás. -Estoy enfermo - Dijo Aladro observando el dulce semblante de su amada Ophelia que le observaba a los ojos con un destello de ternura. -y no creo que tenga una cura. -¿Qué dices? - interrogó la muchacha mientras alzaba una de sus manos para acariciar la mejilla tersa y pálida de su eterno amor. -¿Una enfermedad?, ¿acaso es incurable? - Sólo tú podrías hallar una cura a esta enfermedad que consume mis intestinos... tú y sólo tú. - Sólo yo... - Bajó su mirada casi al instante con una tristeza que gobernaba su sonrisa infinitamente bella y que ahora de desdibujaba, para dar paso a una mueca ciega de congoja. Aladro concibió al silencio su minuto de presencia, dándole al tiempo una metamorfosis que alargó los segundos e interrumpió las frases que expirarían los labios de alguno de los dos. Un hondo suspirar nació y expulso la joven taciturna, al momento que cerraba los ojos cubriéndose con el velo de almendra que otorgaban sus cabellos. - Muero... -atrevió a decir Aladro tomando por el mentón a su doncella y así, levantando su rostro. - Muero porque pasan horas extensas y eternas jornadas sin encandilarme con tu mirada de ángel. La joven abrió los ojos lentamente y su mirada se desplegó hasta poseer el alma de su amado. El azul profundo de sus ojos habló por ella. No eran necesarias las palabras para tal confesión que llenaba de emoción su alma, y aún más, que atestiguaba certeramente que él, aquel joven que un día regreso de la guerra con el alma trizada, encontraría una cura en ella, sólo en ella. - ¿Cómo, entonces, podría curar tu enfermedad? -Susurró con los labios entreabiertos Ophelia, casi a punto de romper en sollozos pues su voz se quebraba sutilmente al momento que sus manos eran tomadas por las de Aladro. - Con un beso, sólo con un beso. - Sentenció él con una leve sonrisa dibujada en sus labios. La luz de la luna descendió hasta ellos por un sendero que otorgó el lago azul que detrás de ellos reposaba, y los árboles cubrían su secreto con celosas ansias, pues era de los dos, sólo de esos dos seres la noche, nadie más podría arrebatarles la luna, ni el cielo oscuro, ni los luceros que fugaces desaparecían en el horizonte. Era su instante, su confesión, su unión infinita. Ophelia dejó salir de sus ojos un par de lágrimas que se durmieron en sus mejillas, y Aladro presuroso las limpió. "No llores..." tiernamente le dijo a su hermosa mujer al tiempo que ésta le rodeaba con sus brazos. El recepcionó en su cuerpo el calor que ella le brindaba en ese abrazo que llenó su alma, acariciándole sus suaves cabellos y deslizando sus manos por la espalda y cintura que cubría el vestido verde pantano de su amada. - Si esa es tu cura, con gusto te la daré- dijo ella levantando el rostro. Aladro la observaba con sus orbes verdes, y en sus mejillas nació un leve color carmín que enterneció su semblante. Abandonando sus cabellos, una de sus manos se acercó al rostro de Ophelia, acariciando su mejilla, sus labios, su cuello... - Tú puedes curarme... - dijo con una voz casi apagada en el éxtasis de un futuro beso. - Te curaré... - Concluyó ella, volviendo a cerrar los ojos y entregándose al dulce y embriagador sabor de aquellos labios que cerca de los suyos estaban. Se unieron sus bocas y almas sellando así un amor que al fin era libre de tribulaciones. Los brazos de ella rodeaban el cuello de Aladro, mientras que él atrapaba la cintura estrecha de la joven maga, apegándose más sus cuerpos físicos, así como también sus cuerpos espirituales. La luna alumbró con una azulada luz a ellos dos, y en el lago se reflejaban sus dos siluetas unidas. Pareciera que el universo coaccionaba para que su velada fuera perfecta, y así deseaban ellos que aconteciera, pues pronto volverían a la guerra y tal ves, sin que Aladaria lo quisiera, no volverían a encontrarse nunca más. Así sellaron para siempre una promesa que susurraba sus amores, sus deseos, sus más profundos sentimientos. La noche cayó de lleno y les cubrió sus desnudos cuerpos hasta que el amanecer nació. Ophelia obsequió a su amado miles de mariposas azules que rodearon sus cuerpos, acrecentando la belleza perfecta que ocultaba el secreto de aquellos dos enamorados. No sabían con certeza si un encuentro de esos volvería a efectuarse, pero era lo que más anhelaban. Desde que sus miradas se cruzaron aquella noche de fiesta, jamás volvieron a vivir sin el otro. Se amaron intensamente durante segundos perdidos y horas eternas, y las luces de la gloria descendieron hasta ellos para que se amaran más, mucho más. El bosque guardó sus suspiros hasta las eternidades, y el cielo que con sus astros sonrieron por tales caricias, por tal amor que sin duda, infinito será.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Black


En este momento estoy dejando un recado en la contestadora

a ver si así la vida se desploma en mis hombros.

Pregunto "cómo estas?" "qué hay de tu vida?

con un agrio sabor a tormentos negros en los labios,

como si mil gotas de lluvia mojan mi cuerpo en un segundo tortuoso,

en medio de una gran torbellino de ideas cruzadas.

Tengo tatuados en el pecho los gritos de una disputa que perdí;

vestigios de una puerta rota, manos sangrantes,

copas quebradizas que se destrozan con el tacto de mis dedos;

Tus súplicas intercediendo en mis oídos

mientras tomas mis miedos arrojándolos a la basura sucia.

Todo se pinta de metal oxidado,

con el teléfono adherido al oído como una sanguijuela plástica

mientras que vomito palabras pesadas

que cortan las últimas redes que me unen a tus manos de azucena.

Guardo las más íntimas esperanzas en que mi voz de arena se allegue a tus oídos,

y comprendas que los mundos se disuelven en caricias futuras,

en susurros húmedos que apaciguen el llanto de un golpe de congoja;

Miles de risas santas vienen con parabienes sólo para tí,

rogando no convertirme en un demonio de cien cabezas;

y que la vida fluya, sí, fluya,

en un cauce de ríos plácidos que desemboquen en la fría línea de la contestadora,

sin hermosas mentiras; sin horrendas verdades.

En este preciso momento estoy dejando un mensaje en tu alma,

a ver si así mi hálito de vida revive tu sonrisa.

Pregunto "me amas?", "sanarías mis llagas?"

sin pintar murallas de triste negro,

sofocando cuerpos desnudos en la más cruda inocencia,

llenando de glorias mi truncado vocabulario.

Los recovecos de mi habitación vacía guardan tu nombre con celosa gracia;

que mis palabras tacten tus sentidos,

porque sólo de esa manera,

puedo yo dejarme caer en flores blancas con un sabor a dulce dicha eterna.



Deminion.